Las religiones políticas en el orden subjetivo del mundo

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Duns Scoto
Guillermo de Ockham

En una época en la que el discurso religioso parece haber desaparecido de cualquier escenario o debate ideológico, y donde la moral ha quedado relegada a la intimidad de los hogares y la privacidad de las conciencias, hablar de religión y política se antojará para muchos como un ejercicio de nostalgia que vuelve la vista hacia un tiempo ya obsoleto, cuyas atávicas tradiciones si no han sido ya superadas, se encuentran al borde de la extinción. Porque ésta es la dinámica de la Modernidad, que comenzó con la crisis de la teología del Medievo crepuscular firmada por Juan Duns Escoto y Guillermo de Ockham, quienes inauguraron el subjetivismo voluntarista que marcaría el posterior proceso secularizador y politizador de la Modernidad hasta nuestros días; en esta hodierna e hipertrofiada versión que los intelectuales insisten en denominar post-modernidad, pero que responde a la misma estructura de pensamiento elaborada por los ya citados teólogos franciscanos en los albores del siglo XIV.

Una dinámica, decíamos, que se identifica por su constante necesidad de transgresión, neutralizando y transformando toda realidad a su paso, generando un vacío moldeable por el poder político, quien será, en última instancia, el que impute, asigne o adjudique una nueva realidad, construida a merced de las veleidades, caprichos y vindicaciones de quienes la reclaman. Esto solo es posible porque en este proceso de desustancialización, todo orden metafísico, toda referencia ontológica relativa a una explicación extrínseca no solo del poder político sino del propio sujeto, es aniquilada. No hay nada más temido por la Modernidad que aquello que viene de fuera, aquello que el poder fáctico, burocrático y neutralizador de la máquina estatal no pueda controlar. En este sentido auto-referencial, es decir, auto-legitimador, no solo encuentra el Estado moderno (valga la tautología) la justificación de todas sus acciones -sin perjuicio de chocar o no frontalmente contra la moral puesto que impone la suya propia-, sino que el sujeto, el individuo, como antes mencionábamos, experimenta un giro antropológico que le permite escapar definitivamente de su otrora prisión metafísica fundada en el indisoluble sintagma alma-cuerpo, definiéndose a sí mismo, como resultado de su emancipación voluntarista, criatura no ya causada sino causante. Es decir, enajenado de aquella naturaleza que se le presupone común e intrínseca en tanto individuo, y auto-proclamado creador de su propia naturaleza, si es que acaso ésta existiera, cuando no una no-naturaleza fundada en el nihilismo.

Porque en realidad, el drama de este sujeto auto-fundante es su sujeción a la nada como unidad (anti)metafísica, que le disuelve en el sistema y le convierte en producto masificado de una sociedad desustantivada, atomizada y enferma, en la que se celebran las pasiones y se condenan las virtudes; en la que se consagra el Yo individualista como apoteosis de la voluntad, pero subsumiéndolo al mismo tiempo en la uniformidad colectivista de la masa, un lugar donde el individuo ha de buscar desesperadamente el reconocimiento ajeno, haciendo pornografía de su cotidianidad para, en fútil intento, tratar de elevarse moralmente sobre sus semejantes. Y en este orden de cosas, en este contexto que parece haber sido extraído de una distopía orweliana o de una metamorfosis kafkiana, el ideologismo enarbola un discurso emancipador, mesiánico incluso, que revela el fundamento utópico-nominalista que subyace a toda política moderna: la promesa de la felicidad y de la perfección eterna, esto es, de un paraíso en la tierra, formulado, contenido y solucionado a través de la política, y más concretamente, del Estado. Solo a través del orden temporal podrán ser eliminadas las rémoras del pasado que obstaculizan el sentido del progreso hasta un estado civilizatorio nuevo, exclusivo de esa nueva categoría humana divinizada tras la nietzschiana muerte de Dios. La ideología marca el sentido lineal del progreso histórico, normalmente relativo a un discurso científico-mecanicista del movimiento hacia esa “Edad del Espíritu”, en referencia a la hegeliana interpretación de la patrística de Joaquín de Fiore -abad cisterciense que dividió la Historia de la humanidad en tres edades, coincidiendo la última con la superación de Cristo-, la cual determina el advenimiento de un tiempo mesiánico que coincide con la parusía del hombre nuevo. Un progreso material de la humanidad que queda encerrada en una meta escatológica intrahistórica, donde se resuelven todos los problemas del mundo, incluidos el pecado y la muerte, mediante la resurrección en la palingénesis de la ideología. Este estado de perfección solo es alcanzable mediante un proceso revolucionario y depurativo de violencia, en la que la tensión dialéctica entre dos fuerzas existencialmente opuestas permite, por síntesis, la sucesión de acontecimientos hacia el quimérico futuro propuesto nominalistamente por cada ideología.

En este paraíso secular, donde no existe el mal, puesto que ya ha sido previamente extirpado mediante los instrumentos que la juridicidad dispone para ello, tampoco existe por tanto el perdón, lo que evacúa la necesidad cristológica del holocausto en la cruz por la absolución de los pecados. Será este hombre nuevo quien asumirá la carga de restituir el orden de un mundo imperfecto, cuyos males no son fruto del hombre sino de sus propios vicios inherentes. El pecado original, causa material de la caída del hombre, y base teológica para la construcción de las primeras comunidades santas de calvinistas revolucionarios, pioneros del ideologismo utópico, quedará sin embargo abstraído del paraíso post-secular. El único mal es aquel que atenta contra el Estado, por eso el derecho, ahora violencia institucionalizada, brazo secular y espada vengadora del poder político, debe caer contra aquellos que disienten sobre la moral pública. El gran anatema moderno, y especialmente de la post-modernidad, es pues, sorprendentemente, el de la libertad de pensamiento, puesto que el pecado mora en las conciencias, la última conquista de la política total y totalizadora, con independencia de que ésta esté revestida de libertades civiles y ritos democráticos, o que su violencia sea de hecho o de derecho. Y esto es fácilmente demostrable cuando, en el contexto de la juridicidad post-moderna, asistimos a una suerte de recuperación de un puritanismo secularizado, en el que el sexo ha dejado ser causa de escándalo público, y en su lugar se condena la desobediencia a la moral laica del Estado, como observamos con la corrección política y sus instrumentos de censura, ejemplo de la obsesión igualitaria que persigue higienizar la moral y homogenizar las conciencias; o el feminismo, que pretende, bajo un falaz lenguaje de evidente cuño marxista, la emasculación de la sociedad mediante la neutralización del género, sublimando una nueva feminidad que se distancie de la naturaleza.

Precisamente la post-modernidad, y aquí radica la gran paradoja, en su intento por escapar de todo dogmatismo recupera el fantasma de las viejas fórmulas escotistas y ockhamistas de potentia absoluta dei y de potentia ordinata dei, esto es, de la suprema voluntad de Dios respecto de sí mismo y respecto de la creación. El moderno fenómeno de la imputación, acuñado por Pufendorf, que yuxtapone la unívoca supra-voluntad del Estado con la equívoca suma de voluntades individuales de cada sujeto, no hace sino invocar en última instancia el poder desnudo y eficiente del poder político. Porque las vindicaciones exigidas por los individuos –ahora devenidos vía voluntarismo en sujetos reflexivos, agentes creadores de su propia realidad- son susceptibles de ser ontologizadas de potentia absoluta, y por tanto constituyentes de múltiples realidades tanto políticas como sociales, incluso humanas –véase la disforia de género o la transexualidad, todas ellas cuestiones identitarias o emocionales que no corresponden a un orden objetivo-. Así, estos derechos, que componen el núcleo de la subjetividad moderna y post-moderna -manifestado en la subordinación del acto bajo la potencia y de la materia bajo la forma- abren la posibilidad del nominalismo ad infinitum, es decir, generando toda una constelación de posibilidades que, sin embargo, solo son imputables mediante la voluntad del Estado, que como causa eficiente y discrecional, las tolera y en última instancia materializa jurídicamente.

Así, aquella del crisis del bajo Medievo que dio origen a la Modernidad, se extiende hoy hasta nuestros días mediante la misma univocidad de la fórmula escotista, que escinde la realidad mediante formalismos ex natura rei –esto es, la separación o distinción de la forma y la materia como si ambos compuestos fuesen quiditativa y entitativamente completos y autosuficientes por sí mismos-; y mediante la radicalización equivocista del nominalismo de Ockham -evacuando la correspondencia entre el objeto y su significado, limitando la existencia de estos a una mera operación intelectual-. En esencia, el ideologismo actual, que reniega de cualquier sentido de trascendencia encerrándose en la inmanencia y buscando solucionar escatológicamente la remisión del pecado en el mundo mediante la construcción de un Reino de Dios en la tierra, es acreedor como vemos de un proceso teológico que comienza en el seno de la Cristiandad y se extiende paralelamente a lo político mediante el esfuerzo secularizador de la reforma protestante.

La idea de religión, del latín religare, es decir, la comunión entre la vida natural y la sobrenatural, queda sustituida entonces por la religación entre este mundo y la política: el Estado deviene en ese deus mortalis hobbesiano, convertido ahora bajo el conjuro democrático en un dios providencial, mientras que la libertad se identifica con voluntad, y al mismo tiempo ésta con el poder, el cual al sacralizarse, deviene en un objeto autónomo de discurso. Las personas dejan de ser animales políticos para convertirse en política en sí misma: porque la consecuencia última de la racionalidad secular del Estado, en su intento devastador por politizar los confines de la existencia humana, trae como resultado el óbito de todo orden político, de toda sociedad natural, de todo orden objetivo y de toda referencia ontológica, quedando tras de sí el estéril y artificioso pábulo hacia la burocracia administrativa, que iguala conciencias y neutraliza las almas.

Francisco de Borja Gallego y Pérez de Sevilla

Doctorando e investigador del Departamento de Filosofía Jurídica de la U.N.E.D.

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